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Virtuosidad

Decía el filósofo B. Spinoza que “quienes para ser virtuosos esperan que Dios los recompense, se alejan muchísimo de la verdadera virtuosidad”.
En otras palabras, el verdadero virtuoso no espera recompensa. Vive y actúa en el bien y por el bien no por el premio sino por convicción y naturaleza. Se es virtuoso o se aparenta ser por conveniencia.
El verdadero virtuoso, al igual que un buen padre que educa y apoya a sus hijos sin esperar compensación alguna, hace el bien sin importarle el premio o la recompensa, su amor es desinteresado y por naturaleza se entrega tanto a moros y cristianos, judíos o musulmanes, sea cual fuera su religión o credo. Tampoco lo hace por principios religiosos que profesa o porque lo mandan las buenas costumbres y las normas de la sociedad, simplemente vive y actúa según lo dictamina su conciencia, puesto que, como bien afirma el filósofo, “quienes se dedican a censurar al hombre y desprecian sus vicios en lugar de enseñar virtudes, aquellos que debilitan almas en vez de fortalecerlas, resultan insoportables para sí y para los demás”.
Spinoza afirma que “no somos libres cuando deseamos algo con mucha fuerza”, puesto que el apego a una determinada persona, causa, ideología o religión nos domina y deforma nuestro juicio y razón. Dice también, que “nada puede incidir tan fuertemente sobre el ánimo como un odio nacido de la devoción y piedad extremas”. En otras palabras, el verdadero virtuoso no siente orgullo insensato de profesar la religión acertada o creerse más o mejor que los demás y, por lo tanto, no persigue a quienes no comparten su opinión apartándose de todos los que hacen esfuerzos para que los demás amen lo que ellos aman y odien lo que ellos odian.
Por consiguiente, para el verdadero virtuoso no es importante lo que él cree o lo que creen los demás, puesto que lo esencial es que cada uno se ame, busque su perfección y se esfuerce en conservar su ser. Dice el filósofo “para obedecer a Dios simplemente se debe amar al prójimo, puesto que sólo esto satisface por completo la ley”.
Al definir nuestras creencias y objetivos nos convertimos en jueces y nos pasamos la vida tratando de llevar agua a nuestro molino. Ególatras y autoritarios por naturaleza, nos creemos investidos de la razón absoluta y con el derecho de juzgar a los demás. No nos limitamos a actuar según nuestras creencias o principios, dejando al libre albedrío a cada cual, adherirse o no a nuestras ideas, sino que vamos mas allá, condenamos o despreciamos a quienes se apartan de nuestras creencias.
En nombre de lo verdadero y de lo justo se cometieron a lo largo y ancho del mundo los crímenes más horrendos, y quienes todavía se vanaglorian de ser dueños de la verdad o de la ética que profesan deberían avergonzarse cuando con orgullo no disimulado, aplauden acciones reñidas con los más elementales principios humanos, justificando dictaduras de derecha o izquierda, intervenciones violentas, el uso de la fuerza y hasta convalidando asesinatos y torturas en pro del bien común, de la unidad, etc. Todo esto demostrando que detrás de la máscara religiosa, patriótica o ideológica se esconde un vulgar fanático tan peligroso o más que aquellos que dice combatir. Limitémonos a hacer el bien por el bien, tratando de amar a nuestro prójimo tal como es y sobre todo recordando que en el fondo de un pecador se redime un santo, y al revés, en un santo se esconde un arrepentido pecador.
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