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Esas viejas pasiones

Las grandes pasiones existen... por suerte. Y así, hay quienes cantan de maravilla, bailan con una gracia exquisita, declaman sensualmente, o reclaman con una garra envidiable. No falta quienes estudian, trabajan, juegan, practican algún deporte, caen en profundas meditaciones o simplemente se dedican a contar cuentos con la misma fuerza, esa que aflora desde lo más profundo, sin pedir permiso y hasta de manera irreverente... Hay quienes escriben, desde siempre y por cualquier motivo para expresar lo mucho que aman, para describir el hastío, o para compartir la esperanza. Por eso la necesidad de escribir cuando nuestro país, y no “este”, acaba de pasar por una crisis que, contra todo pronóstico y para sorpresa del mundo, cuasi terminó entonando el himno nacional, con el corazón encogido, los ojos húmedos y el miedo, todavía amenazante e irónico, rondando por las esquinas, como diciendo, “no será fácil que se deshagan de mí porque soy milenario, soy histórico, los estaré espiando, aguardando el resultado de sus treguas, de sus afanes, de sus decisiones”. Un miedo que durante las últimas semanas fue el centro de las discusiones, de los pronósticos, de los rumores. Protagonista intransigente y silencioso que se coló, imponiendo su altanería y su prepotencia, en el corazón y en la mente de muchas bolivianas y bolivianos. Sin embargo, también tuvo contrincantes. Por un lado, la serenidad, la certeza, la tranquilidad de espíritu y de conciencia, y por otro, la indiferencia, el egoísmo, el querer llegar a ultranza, la desesperanza y el desamor. La falta de amor por un país, el nuestro, el suyo, el mío, ese que nos ha cobijado cientos de años a pesar de las barrabasadas, miopías, atrevimientos, odios y divisiones. El de los de todos los colores y olores, porque quienes sostienen que los aromas son exclusivos de determinados grupos deberían someterse voluntariamente a prescindir del agua, de los perfumes y de los privilegios para comprobar “in situ” que la naturaleza es tan sabia que en menos de 48 horas todas y todos seríamos olorosamente iguales... ¡Finalmente!
Un país acostumbrado a mirarnos “de callado”, “calladingo”, “supermudo” o como mejor le salga a cualquiera de sus habitantes. Quizás resignado a ser el más pisoteado en sus derechos, el más excluido, subestimado, arrinconado, el gran “tantachado”, acostumbrado a recibir las amenazas diarias de dejarlo, de abandonarlo, “porque no sirve para nada”, porque no hay manera de crecer, de vivir, de seguir, de creer. Ése es el ejemplo que se ofrece a las nuevas generaciones con una irresponsabilidad inaudita porque se siembra la falta de fe y desconfianza en el porvenir, desconociendo con una audacia inconcebible los enormes favores recibidos, las bendiciones de vivir en un país mágico, no solamente por la diversidad de sus regiones sino también de sus habitantes. Como muestra la gama y los matices de su cultura reflejada en la maravillosa pero auténtica simplicidad de lo cotidiano, empezando por el mercado y terminando en una oficina dizque “bién”.
Si se trata de volver a considerar el orden de las cosas quizás se podría empezar reconociendo la importancia de los afectos, dejando la ingratitud de lado. Y sólo por un momento comprometernos, ojalá de manera apasionada, a valorar y amar nuestro país, en vez de mirarnos el ombligo, de idolatrar el protagonismo y hacer culto a la soberbia, a la indolencia y al oportunismo. Se podría empezar por reconocer con hidalguía que el único país que tendremos es tan nuestro, tan suyo, tan mío... que ojalá que “los últimos prendan la luz y se queden a disfrutarlo”...
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