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El destino de la Fuerza

El destino de la Fuerza Empezó como un cine escapista para dejar atrás las atrocidades de Vietnam y Watergate que ignoraba olímpicamente la metafísica de 2001: Odisea espacial, pregonaba una religiosidad difusa y hundía el cine de autor que había reinado por una década. Pero 30 años después hizo algo aún peor: volvió. A pesar del milenarismo aggiornado de Matrix y la poderosa trilogía de El señor de los anillos, Star Wars ha multiplicado su poder de convocatoria, se ha convertido en una multinacional del merchandising y ha conseguido que millones de seguidores pagaran por algo que ya sabían que no les iba a gustar. El jueves que viene, con el estreno de La venganza de los Sith, la última entrega de la segunda trilogía en la que finalmente se verá el nacimiento de Darth Vader, el ritual masivo se repetirá (al parecer) por última vez.

Irving Thalberg –productor genial de la edad dorada de Hollywood, muerto joven, inspiración directa para El último magnate de Francis Scott Fitzgerald– lo supo antes que nadie. Thalberg dijo que la edad mental promedio del espectador norteamericano se correspondía con la inteligencia de un chico de doce años y que, por lo tanto, había que hacer películas que respetaran y comprendieran y fueran comprendidas por esa inocente criatura masticando popcorn en la luminosa oscuridad.

Varias décadas después, en 1977, el productor y director de cine George Lucas cristalizó como nadie el sueño de Thalberg. Y a casi treinta años del debut de Star Wars –con el estreno de la definitiva Episode III: Revenge of the Sith– el sueño continúa.

Y la pesadilla también.

Y a no confundirse: aquí no se trata de la fuerza del destino sino del destino de la Fuerza.

UNO Yo estuve allí. Yo tengo la edad justa y las inclinaciones correctas para ser un consumado jedi de la primera hornada. Yo vi la primera Star Wars –esa música triunfal, esas letras surgiendo desde el fondo de la pantalla y perdiéndose entre galaxias– el día de su première en un cine neoyorquino. Y sin embargo... no me gustó. Es decir: lo único que me gustó fue Darth Vader porque –suele ocurrir, interesante paradoja– los malos suelen ser los mejores tanto en una soap-opera como en una space-opera. Aquí me pongo a cantar y le canto a la electricidad de su cuerpo y de su uniforme mecánico imponente y la voz dark y asmática del coherentemente negro James Earl Jones completaban el monstruo.

¿Y por qué no me gustó Star Wars? Bueno, digamos que los personajes de Star Wars no tenían la gracia psicótica de Kirk y Spock en Star Trek (con el tiempo supe que Alec “Obi-Wan Kenobi” Guinness pidió casi de rodillas morir y no volver a la hora de una hipotética segunda parte y que Harrison Ford lanzó la inmortal frase: “George, tú escribes esta mierda; pero soy yo el que tiene que decirla”); la princesa Leia y su peinado (por más que al Ross de Friends le excitara) era lo menos sexy que jamás se había visto; y, claro, estaban esos dos robots –el calco de los daleks de Dr. Who que es R2-D2 y el plagio en versión macho de la autómata de Metrópolis que es C-3P0– francamente insoportables y quienes, por supuesto, no demoraron en inmortalizar sus huellas frente al Chinese Theatre.

Lecturas casi inmediatas me revelaron que Lucas había sido bastante menos que sutil a la hora de “inspirarse” en ensayos de Joseph Campbell y novelas de J. R. R. Tolkien y mística de westerns. Pero lo más grave de todo para mí entonces era que Lucas y su “mitología” se las habían arreglado para borrar de un plumazo láser los colosales frescos catedralicios que Stanley Kubrick había pintado con 2001: Odisea del espacio en 1968. Star Wars era, sí, como volver al más torpe Big Bang del género: espadas zumbantes, princesas, compulsión tecnológica, nombres absurdos, extraterrestres muy raros con el cutis de los que sólo consumen comida chatarra, y slogans supuestamente místicos. Un refrito de Flash Gordon procesando arquetipos primarios y torpes. Diré en mi defensa que a J. G. Ballard le pasó exactamente lo mismo y la alabó irónicamente como “pantomima high-tech”. Y por fortuna, pronto también se estrenaron otras películas como Encuentros cercanos del Tercer Tipo, Alien, Blade Runner y las remakes de Los usurpadores de cuerpos y The Thing que devolvieron al espacio exterior y profundo algo de su misterio existencialista. La evidencia definitiva de la tontería de Star Wars fue que la parodia de Mel Brooks no era graciosa: imposible parodiar lo que ya es ridículo.

Y, de acuerdo, El Imperio contraataca en 1981 fue mucho mejor que la primera y en perspectiva es la mejor de la serie por consenso absoluto; también, digámoslo, es la que menos dinero recaudó de todas. Y El regreso del Jedi (1983) me trajo el consuelo de que todo había terminado. De acuerdo, faltaba esa pesadilla de los peluches galácticos ewoks, los dibujos animados, las sucesivas series de muñequitos coleccionables (he leído sobre adictos que gastaron y gastan pequeñas fortunas en juguetes especialmente diseñados para adultos sin culpa ni vergüenza, y que compran tres ejemplares de cada uno: uno para jugar, uno para conservarlo intacto en su envoltorio original, y un tercero como inversión y que venderán en unos años a precio de antigüedad y obra de arte), el disco de villancicos siderales, el libro para niños de kindergarten y el ferviente deseo de millones de que Lucas volviera a hacerlo.

Mientras tanto y hasta entonces sucedieron varias cosas: el actor/presidente Ronald Reagan adoptó el nombre Star Wars para un impracticable pero aterrorizante programa de defensa y ataque estratosférico, y llegó –también surgido de la cabeza de Lucas, ya consagrado a su rancho diseñador de efectos especiales– el tanto más interesante y divertido y pulp Indiana Jones.

Y en 1992, George Lucas recibió por los logros de toda una vida el glorioso y canonizante Thalberg Award, bautizado en honor de aquel que comprendió antes que nadie que con la luz apagada sólo pueden hacerse dos cosas: crear niños o volver a ser niños.

Algo así.

DOS Todo esto para decir que en 1999 yo fui muy feliz al contemplar –desde cierta prudencial distancia– la desilusión de varias generaciones de fans ante la tan esperada Episodio I: La amenaza fantasma luego de acampar durante semanas para ver semejante basura. Algo así como descubrir que el dealer al que habían estado esperando les había vendido azúcar de repostería en lugar de polvo colombiano. Para ellos, supongo, fue lo más parecido a esperar una segunda venida de Jesucristo y que el tipo hubiera resultado ser igualito a Jim Carrey en sus momentos más extremos y he leído reportes de adoradores que salían corriendo del cine, aullando entre lágrimas: “¡Es horrible! ¡Es peor que horrible!”, o, simplemente, “¡Jar Jar Binks!”.

Y, sí, Natalie Portman era un gran avance si se la comparaba con la ahora escritora Carrie Fisher y a quienes algunos acusan de haber “pulido” el guión de La amenaza fantasma (incluyendo ese detalle perturbador de saber que nuestra querida Nat acabaría en la cama con ese insoportable y rubiecito Anakin Skywalker); pero ni el más dedicado creyente y defensor pudo soportar la afrenta del computarizado e intragable Jar Jar Binks, también conocido por los fieles como “Aquel Cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado” y que, después de todo, luce y suena igualito a un pariente lejano de nuestro Larguirucho de Trulalá. Jar Jar Binks fue “creado” por una de las hijitas adoptivas de Lucas (lo que llevó a un crítico a rebautizarla a la nena como “Freda Corleone: mala para la Familia”); fue definido por el ácido Anthony Lane en The New Yorker como “esa cosa con nombre de rapero fracasado”); y su irritante voz se la debemos al entusiasmo del actor Ahmed Best, un ex integrante de la compañía de danza Stomp, quien pensó que se haría rico y famoso y que ahora se esconde en las sombras y ni menciona la cuestión por temor a inevitables y más que merecidas represalias. Y otro craso e insalvable error: no había aquí ningún cínico Hans Solo funcionando como aquel que parece burlarse de todo el asunto sin tomárselo demasiado en serio.

Pero los motivos para el desencanto eran otros y eran más profundos: la primera trilogía había surgido de la necesidad escapista de dejar lo más atrás posible los descalabros de Vietnam y Watergate, inventando –de paso y en tándem con Tiburón de Spielberg– el concepto de summer-blockbuster y, según Peter Biskind en su indiscreto Easy Riders, Raging Bulls, acabando para siempre con los chicos salvajes y revolucionarios de los 60/70. Después de Star Wars, el cine de autor pasaría a ser cine de productor y Lucas –con la excepción de Indiana Jones y Tucker– produciría bodrios infames como Howard The Duck o Willow.

Cámara rápida y casi un cuarto de siglo después, Lucas volvía a dirigir; aunque lo suyo es más la compaginación de postales virtuales. Y La amenaza fantasma era más de lo mismo, pero en un paisaje ya saturado de efectos especiales (la mayoría de ellos creados por encargo en la fábrica Industrial Light and Magic del propio Lucas) que no consiguieron superar a la novedad de The Matrix, equivalente cool y muy milenarista de lo que había sido y significado la primera Star Wars allá lejos y hace tiempo y en una galaxia muy lejana. Neo era hijo bastardo de Philip K. Dick del mismo modo que Luke y Anakin eran retoños legítimos de la sci-fi más rancia y decadente. Y, claro, ganó el fantasma de Dick porque lo suyo estaba mucho más cerca de las psicóticas realidades alternativas en las que hoy vivimos. A muy pocos les interesa hoy lo que vendrá porque lo que vale es la ciencia no-ficción del presente.

Episodio II: El ataque de los clones (2002) convocó a los ‘N’Sync para una secuencia como caballeros jedi (otra idea de la hijita de Lucas que, por suerte, se quedó en el suelo de la sala de montaje) e intentó la variante de love story con batallas. Pero tuvo la mala suerte de enfrentarse –justicia poética y literaria– con la mucho más noble y mucho menos tecnificada en su factura trilogía El señor de los anillos de Peter Jackson. Superada la pasión tolkienística, cabe pensar que La venganza de los Sith –que se anticipa mucho más tenebrosa y darthvaderiana y a la que Lucas, astuto, ya definió como “la película que todos querrían haber visto cuando fueron a ver Episodio I”– tendrá mejor suerte y traerá el renovado alivio de un nuevo final que, según Lucas, a pesar de que así se anunció en un principio, no tendrá continuación en una futura trilogía que empalmaría directamente con la eufórica victoria y coronación en la última escena de El regreso del Jedi.

Aquí y ahora, en una galaxia cercana, lo cierto es que las seis películas –una detrás de otra– no tienen mucho sentido y que las lagunas y contradicciones en su trama son más grandes que agujeros negros. Lo que importa poco y nada. Y ya lo asentó el estudioso David Thomson –quien en su New Biographical Dictionary of Film define a Lucas como “el más triste de los magnates” y creador del “muzak cinema”– y aquí lo vuelvo a decir yo citándolo no a ciegas sino con los ojos bien abiertos: “No tengo nada que decir sobre Star Wars porque no hay nada que decir sobre Star Wars salvo ‘¡Wow!’. Son películas sobre robots –incluyo en este grupo a gente como Liam Neeson y Samuel L. Jackson– que dentro de no demasiado tiempo serán disfrutadas por robots”.

TRES Y, claro, ante la hecatombe de La amenaza fantasma abundaron las interpretaciones sociológicas: los que habían sido niños a la altura de la primera –la ahora rebautizada como Episodio IV: A New Hope– eran cuarentones que aspiraban a que la serie hubiera crecido junto con ellos y de pronto se encontraban con una película con un nenito como héroe y cuyo argumento giraba básicamente alrededor de los problemas para conseguir repuestos para una nave descompuesta. El horror de ellos –Lucas no es tonto– fue la felicidad de sus hijos, quienes se identificaron con el pequeño Anakin corredor de vertiginosas carreras, se hicieron adolescentes con el primer beso a Padme Amidala y ahora se adentrarán en las oscuridades de la adultez con el estreno del casco negro más famoso en toda la historia del cine.

Y entonces, a oscuras, padres e hijos, por fin, serán felices al mismo tiempo, y hasta podrán discutir a golpes acerca del gran agujero negro en todo el asunto: el enigmático origen de Anakin. Conocemos a su madre, pero no a su padre. ¿Es Anakin un sucedáneo galáctico de Cristo? No hace mucho, durante el rodaje de La venganza de los Sith, Lucas –padre legítimo y dueño del copyright de la criatura– se pronunció acerca del misterioso misterio: “Se trató de un nacimiento virginal dentro de un ecosistema de relaciones simbióticas. Significa que entre la Fuerza –que es una suerte de fuerza vital– y la realidad se produjo una conexión que no es otra cosa que lo que conocemos como mitocloriano. Algo más o menos basado en las mitocondrias, especies diferentes de animales completamente distintos que, aun así, viven en una única célula que les permite reproducirse y vivir. Estas células, a su manera, también se pueden comunicar con la Fuerza. Cuantas más células, más comunicación con la Fuerza. Así que, para terminar, yo diría que fue la Fuerza quien generó a Anakin. Y con esto basta. No quiero profundizar en detalles o etiquetas; sólo agregaré que en la gestación de Anakin está implícita una de las leyes fundacionales de la odisea del héroe”.

Ah.

CUATRO El lanzamiento de este tercer episodio y sexta película –recuerdo del futuro, déjà-vu del fast-forward– nos devolverá novedosas experiencias de lo ya experimentado: asombrosos combates y parlamentos vergonzantes, flamantes modelos para armar y coleccionar, exhaustivo making off, enumeración de millones de dólares gastados y recaudados, actualización de la inevitable enciclopedia, relanzamiento de la segunda/primera trilogía en DVD con una cantidad insalubre de extras, las portadas de todas las revistas especializadas, así como la ya ritual tapa desplegable de Vanity Fair a cargo de Annie Leibovitz, la promesa de reestrenos de todo lo anterior en 3-D, los eternos y polémicos chats en esa eterna medianoche que es Internet donde crecen los rumores de futuras series de televisión (una con actores y otra con dibujos animados) y lucubraciones conspirativas sobre ese virtual Expediente X que es el Star Wars Holyday Special de 1978 (cuya existencia Lucas niega hoy con pasión stalinista), y susurros en cuanto a que Lucas experimenta en su Xanadú/Shangri-La/Eldorado/Skywalker Ranch con tecnología de avanzada que permitirá resucitar a actores muertos (de hecho, aquí y ahora, en La venganza, tenemos un avance de lo que vendrá con la invocación digital del finado Peter Cushing) y que sueña con dirigir/producir una película protagonizada por Humphrey Bogart, Marilyn Monroe y James Dean.

Lo que no reducirá, claro, el verdadero valor y la certera importancia de Star Wars como revelador artefacto histórico. Y ahí está ese interesante libro de ensayos –A Galaxy Not So Far Way (2002)– donde gente como el novelista Jonathan Lethem, el director Kevin Smith o el crítico Tom Carson analizan el impacto de la Fuerza Jedi sobre sus obras y vidas y aventuras. Y por sus páginas se cuela, también, una anécdota referida por Alec Guinness en A Positively Final Appearence, el último volumen de sus diarios. Allí, el actor inglés recuerda que, durante un paseo, una madre se le acercó con su hijo de doce años quien, orgulloso, proclamó: “He visto Star Wars más de cien veces”. A lo que Alec Wan-Kenobi le respondió: “Te ordeno en el nombre de la Fuerza que no vuelvas a verla nunca más”. El niño, por supuesto, rompió en llanto. Y el actor apuntó: “Ese muchacho ahora tendrá unos treinta años y espero que no viva en un infantil mundo de fantásticas banalidades de segunda mano”.

Para bien o para mal –descanse o no en paz, Sir Guinness–, ahora todos vivimos en ese mundo.

Para empezar, Star Wars equivale al triunfo del nerd. Se sabe –otra vez, el libro de Biskind– que Scorsese, Coppola, De Palma & Co. no tomaban en serio a Lucas. De hecho, De Palma se rió a carcajadas en la cara de Lucas cuando éste la proyectó en una sesión privada a sus amigos. “Vas a vaporizar a la audiencia”, se rió De Palma. Se sabe, también, que Lucas rió último y mejor, y que Spielberg le dijo: “Es algo grande; vas a ser millonario, George”. Y no es casual que Lucas haya optado por no dirigir El Imperio contraataca y El regreso del Jedi, prefiriendo producirlas y aguardar a estos tiempos informáticos donde lo suyo es dirigir produciendo. Lucas –aquí y ahora– es el equivalente de Bill Gates a la hora de la pantalla más grande. Y, de acuerdo, no estaría mal ser Steven Spielberg –es fácil de encontrar el eslabón perdido entre uno y otros, entre los “artistas” y el “visionario”–, pero nada ni nadie es perfecto. Aquí y ahora, Lucas –controla todos y cada uno de los aspectos de sus films, incluyendo hasta la patente del diseño de sus propias cámaras de grabar y no de filmar– es el más rico y poderoso de los cineastas indies. Sólo se ve obligado a rendirse ante la imprescindible distribución de la Fox; porque la profecía lucasiana de que para estos días y matinées todos los cines tendrían proyectores digitales –proyectores que él mismo alimentaría enviando copias de la película por Internet desde su guarida californiana– no se ha hecho realidad aún.

Para continuar, en 28 años de combate, la serie Star Wars lleva recaudados más de 3400 millones de dólares. Y sólo la venta de merchandising relativo a Episodio III facturará unos 1500 millones de dólares.

Para terminar, Lucas ha sido el responsable directo de lo que se conoce como el más impensable éxito de público y fracaso de crítica a lo largo de casi treinta años y del más grande shock milenarista en la historia de los Estados Unidos sólo superado por el 11 de septiembre de 2001 y las dos victorias sucesivas de George W. Bush. Es decir: La amenaza fantasma, película que fue un éxito de público y un horror sin precedentes a la hora de vender toneladas de merchandising. En especial, sí, los productos relativos a Jar Jar Binks, a quien Lucas continúa no sólo defendiendo sino definiéndolo como su máximo orgullo y contribución al cine por tratarse del primer personaje digitalizado al ciento por ciento. Lo que significa que los actores de carne y hueso no tuvieron que padecerlo –como nosotros– durante la filmación de estos tres Episodios, aunque Liam Neeson declaró públicamente que casi se retira de la profesión luego de sufrir durante meses, sable jedi en mano, frente a una pantalla azul surcada por magia industrial de luces y rayos y centellas.

Y para seguir:

George Lucas tiene un breve cameo con la cara azul y con el nombre de Barón Papanoida. Y su hijo, Jett Lucas, también.

Y Darth Vader es tapa de Time y de todas las publicaciones especializadas (y, curiosamente, con ese aspecto tan apropiado, de ninguna revista S&M).

Y aquí viene otra vez y otra vez lo mismo que terminará justo donde empezaba aquella primera entrega, renovando mi desconcierto ante algo que sigo sin comprender tantos años después: si Darth Vader es tan poderoso e inteligente... ¿cómo no se le ocurrió buscar y encontrar rapidito a su hijo Luke Skywalker viviendo de lo más tranquilo en la desértica granja de su padrastro/tío Owen Lars? Es decir: a la hora de averiguar dónde está un hijo en una noche llena de guerras y estrellas, lo primero que uno hace es llamar a familiares, ¿no?

Quién sabe.

Qué importa.

Alguien, seguro, hablará de la pérdida de la inocencia o la recuperación de la furia al salir de ver La venganza de los Sith.

Tal vez por eso volvemos –y volveré– otra vez.

Volver para poder volver.

Ya saben:

Expectativa y frustración.

Doce años.

¡Wow!

Al mejor estilo de algún cajón de prensa, el articulo de Rodrigo Fresán en Pagina 12. Un poco tarde, pero valía la pena.
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