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La Felicidad...

La Felicidad... "El hombre nacido de mujer vive corto tiempo, y está atestado de miserias"
(Job, 14-1)


Eres feliz? Pocos se atreven a decirlo así a secas. Soy feliz. Lamentarse es un deporte de masas; quejarse está de moda. Basta ver las noticias diarias con sus dosis de desastre y violencia para saber que la tragedia nos alucina. Hay incluso quienes juran que el ser humano no conoce la verdadera felicidad, y para probarlo citan la pobreza, las guerras, los crímenes, el odio, el cáncer y el sida.

Hay algo de cierto en lo que predican quienes se especializan en la tragedia. El dolor que sentimos al nacer es nuestro compañero incansable, que anda detrás nuestro, esperando agazapado un momento de debilidad, una caída o una derrota para echarnos un zarpazo; es nuestra sombra inseparable y no nos deja hasta que no hayamos visto de frente los ojos de la muerte. Es imposible subestimar el dolor y —reconozcámoslo— somos especialistas en infligirlo; tanto que lastimamos en forma especial a quienes más queremos, y lo hacemos con más acierto y de manera más profunda porque son más cercanos y sabemos qué es lo que más les duele. Lastimamos a otros también, casi al descuido, por racismo o intolerancia, por soberbia o indiferencia; por pura y ordinaria maldad.
Por eso, las obras maestras literarias suelen ser trágicas: Edipo Rey, Hamlet, Anna Karenina o El paciente inglés. El escritor o poeta explora las profundidades del dolor, haciéndonos partícipes del desmoronamiento de vidas e ilusiones, haciéndonos aquilatar el coraje ante el mal; nos dice “no eres único, mira, todos sufren”. Además, escribir sobre cosas tristes es más fácil porque la tragedia se compone de hechos concretos: crueldad, guerra, abandono, traición, dolor, muerte. Es decir, el dolor tiene fecha y hora; se marca en el calendario de eventos, podemos decir cuándo empieza y en qué desemboca —aunque parece no tener fin.
En cambio, la felicidad es difícil de describir, porque es tenue. elusiva, intangible, compuesta de nimiedades. En el papel, la felicidad resulta sencillamente cursi. Una sonrisa, una tarde de sol, andar tomados de la mano, un plato delicioso, una palabra dicha en el momento preciso, son cosas que nos hacen felices, pero no se prestan a la gran literatura. La puesta de sol que nos emociona hasta el tuétano, resulta trillada, casi hueca en la descripción de su colorido banal.
¿Es usted feliz? Una pregunta difícil, por cierto. Si usted no lo sabe, no hay medidas precisas. Los gobiernos, las instituciones como Naciones Unidas miden el “bienestar” en alimentación, salud, educación y trabajo, pero en los países como Suecia, Noruega o Suiza donde el bienestar (es decir seguridad de techo, alimento y ayuda médica) es virtualmente universal, el suicidio es epidémico. Entonces, estar bien ¿no es ser feliz? Estar bien, ¿puede llegar a ser intolerable?
Ser feliz es un concepto tenue e impreciso; la dicha es tan sutil que con frecuencia uno se descubre mirando atrás, comprobando que los momentos más dichosos fueron los más intrascendentes, que los días y horas donde nada (y todo) sucedía, fueron los mejores; que los recuerdos más emotivos son los más cotidianos y corrientes; un gesto, una mano, una mirada, una luz especial en la ventana.
Así como hay especialistas del desastre, deberíamos cultivar especialistas que enseñen a apreciar la felicidad, porque hay muchas personas que no valoran su suerte hasta no perderla. Cuando uno escucha a un anciano decir con nostalgia “¡Qué felices éramos!”, esa frase es un presagio y una advertencia. Quizás todos pecamos de irreflexiva soberbia cuando somos dichosos, pero aunque ser feliz puede depender de la suerte y el destino, estar conscientes de la felicidad, cuando se la tiene, es decisión personal al alcance de cualquiera. Después de todo, no cuesta mucho hacer una pausa infinitesimal (a modo de acumular memorias y momentos) en medio de un juego de cartas, una caminata, una tarde hermosa, una película o un sencillo pero delicioso almuerzo, para decirle a Dios o a la vida, con humildad y en silencio, “Sí, soy feliz. ¡Gracias!”.
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De la imagen: Vyacheslav Yurasov captó esta imagen en un pueblo cerca de Yaroslavl. El niño acababa de perder a sus padres en un incendio. La imagen de Vyacheslav Yurasov participo en el concurso "Alegria o Tristeza" convocado por BBC Mundo .
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