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Alivio de luto

Alivio de luto De Fernando Mayorga, otro que siente la musica del maestro Joaquín.

Volvió Joaquín Botero al Hernando Siles y metió un gol en la noche de los tres tristes tigres. Fue en posición adelantada, menos mal, y no estaba de celeste. Estos días también volvió otro Joaquín, el Sabina, que vivió un par de años en off-side porque estaba de luto y dejó de coplear. No se quitó el traje negro, qué diablos, pero nos anuncia que llegó el momento de su Alivio de Luto título de su nuevo disco compacto, tapándose la boca con una mano pálida y la mirada escrutadora.

Qué podemos decir/sentir ante esta re/aparición sino recordar/recortar algunas palabras que escribí años atrás, después que lo vi una noche en los meandros de la ciudad de México cantando como nunca y viviendo como siempre, al borde de la cornisa.

Volvió Joaquín Sabina, ese trovador español que agita tormentas en el alma, que atormenta corazones, que ilumina el lado oscuro de la luna solamente para hacernos dar cuenta que la miseria humana convive con el sentimiento, que el amor no es una entelequia ni una etiqueta, que es dicha efímera y es lucha cotidiana; que en el juego de la vida perder es moneda corriente y que tal vez por eso vale el desafío de enfrentar su desabrido reto. Así, sin contemplaciones, Joaquín Sabina juega con la soledad y la melancolía en dosis precisas y capaces de convertir en veneno la fruta prohibida, aquello que los mortales buscamos como elixir de la felicidad. Felicidad, palabra vana, en boca de Sabina es, también, búsqueda incesante de una meta que se convierte en polvo cuando es alcanzada por nuestras manos.

Este flaco y esperpéntico español que en el juego de espejismos y malabarismos que es la existencia —búsqueda de identidad y de exacta comunión con los otros—, es capaz de preferir al “pirata cojo con cara de malo, con parche en el ojo, con pata de palo” entre todos los truhanes de la noche y sus sombras. Este bohemio fumatérico que, cuando busca su amor perdido en el bar de la esquina del otro verano y sólo encuentra una sucursal bancaria, se queda cantando “y nos dieron las diez y las once y las doce y la una y las dos y las tres” como nostalgia de lo que nunca ocurrió. Este trovador que vive en la calle Melancolía (con mayúsculas los títulos de sus canciones, diría la editora) y siempre pierde el tranvía que conduce al barrio de la Alegría. Este tipo que farreaba con Chavela Vargas y le canta como nadie le cantó mientras se recogían por el Boulevard de los Sueños Rotos.

Lo cierto es que se descolgó de su Nube Negra, cuando los Números Rojos le dijeron que no, que ya no hay chance para Seis Tequilas (Con lo que eso Duele), porque quizás se acordó que cantar es demasiado humano y recordó que su canto y sus letras nos permiten ser. Ya no podemos decirle “Hey Sabina, salud”, como hace años, porque tendría un dejo de innecesaria ironía, aunque ese gesto le provocaría una sonrisa. Se bajó, pues, de su Nube Negra y podemos volver a cantar con él Peor para el Sol, tal como le gustaba decir a este oníricoclasta, vendedor de desilusiones, resguardo del alma, demonio sin sombra, hincha del Aleti y bendito entre todas las mujeres.
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