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Todos Santos: El jach’a uru (gran dia) para los difuntos y vivos

Todos Santos: El jach’a uru (gran dia) para los difuntos y vivos El lunes a mediodía llegarán los ajayus (almas) desde los nevados altos donde conviven con los achachilas. Familias enteras de campesinos pobres migran en Todos Santos a las ciudades para ganarse raciones de panes y comida a cambio de oraciones.
Ya son cerca de las once de la mañana el 1º de noviembre, en un pequeño cuarto donde un pedazo de luz rompe la oscuridad, unos dedos agrietados y rudos extiende una manta negra por encima de una mesa, cuyas patas apenas se sostienen.
Las manos cobrizas y rústicas brotan de dos mangas de lana desgastada y remendada. Se mueven con agilidad y rapidez para colocar encima de la vetusta mesa un pequeño banco de madera para luego taparlo con una pedazo de tela blanca percudida.
De un pequeño rincón de la pequeña habitación oscura, herida por un rayo de sol que se filtra por el agujero de la calamina, un hombre jala dos sakañas (bolsas) de polietileno negro, de cuyo interior extrae pequeños panes redondos, estrellados, entrelazados, con formas humanas y de animales, de escaleras y coronas. Poco a poco el hombre, cuyas canas y arrugas sobresaltan al pequeño rayo de sol, acomoda el pan por toda la mesa rústica.
Luego, en pequeñas latas que contienen agua, los dedos ágiles y agrietados colocan ramas cortadas de retama con flores amarillas e ilusiones. Los dos floreros caseros son colocados en dos esquinas de la mesa, cerca de dos velas que mantienen el equilibrio en dos latas de cremas de lustrar.
Amarradas en las cansadas patas de la mesa, las hojas largas de dos cañas de azúcar forman una especie de arco. En la base de la mesa también hay amarrados las cebollas con tok’oro (tallo hueco) cuyas flores adornan también el altar improvisado en la precaria vivienda.
La najta
De una pequeña caja de zapato Manaco, la mano cobriza extrae un crucifijo de metal oxidado. Lo acomoda en la parte más alta del improvisado altar de panes, frutas y flores.
Junto a las velas pequeñas de juegan con la ley de gravedad, se acomodaron dos llamas diminutas de quispiña (galletas de quinua), en cutas espaldas cargan ramitas de retama.
Más allá de las manos rústicas, los ojos tristes de Nicasio Quispe se pierden en el crucufijo y en una t’ant’awawa (pan con figura humana).
De un pequeño cuaderno de hojas amarillentas y retorcidas por el paso del tiempo saca la foto de una reluciente tawak’o (mujer joven de pollera, cuya belleza resalta más con una sonrisa y las espesas trenzas negras. En los ojos resaltan chispitas de alegría. Las mejillas donde las arrugas ya se han posesionado, se humedecen por gruesas lágrimas. Los ojos de Nicasio se extravían en la foto, mientras un suspiro hondo recuerda el día ñeque nació su primer hijo y el día en que llegaron a El Alto, en un camión repleto de esperanzas y cuatro hijos.
¡Ya está, ya está cocida la comida!, anuncia la voz de una niña de 12 años, cuyo grito saca a Nicasio de su pensamiento hundido en sus recuerdos. Por instinto enciende las dos velas que chisporrotean al formar una flama amarillenta.
El 1º de noviembre a mediodía, según las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que sobrevivieron en el altiplano boliviano que se fueron entremezclando con las de los españoles, llegan los ajayus (almas) a todas las viviendas donde habitaron en vida para compartir con los vivos, a partir de la najta (prendido de las velas) se inicia el jach’a uru (gran día).
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Todos Santos, Dia de los muertos.
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1 comentario

El Forastero -

Muy bueno, me gustó mucho
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