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La inconcebible tragedia rusa

La inconcebible tragedia rusa Si a estos extremos llega la intolerancia y el desprecio a la vida humana al interior de un mismo país, ¿qué se puede esperar de los enfrentamientos bélicos internacionales en los que, como en el caso de Irak, se enfrentan dos culturas desconocidas?
El trágico final que tuvo la incursión armada y terrorista chechena a una escuela pública en Beslan no pudo ser peor ni más sangriento. La toma de los 1.200 rehenes que permanecían encerrados en medio de un calor y una tensión asfixiantes acabó con un saldo de más de doscientos muertos y más de setecientos heridos, gran parte de ellos niños.
Todavía estremecen los ruidos de las bombas y las imágenes de angustia y terror que desde Rusia recorrieron el mundo. Lo cruel, lo exacerbantemente inconcebible, lo inexplicable... no es posible entender semejante fin en un conflicto que enfrentaba, supuestamente, a compatriotas.
El presidente ruso Vladimir Puttin en el mensaje que dirigió a su nación, inmediatamente después de la masacre, sostuvo que “lo que ha sucedido esta vez es un crimen terrorista fuera de lo humano, algo sin precedentes por su crueldad. No es un desafío al Presidente, ni al Parlamento, ni al Gobierno. Es un reto lanzado a toda Rusia, a todo nuestro pueblo (...) Es nuestra obligación construir un sistema de seguridad que sea más eficiente”. Sin embargo, frente a un desenlace como el que se pudo, lamentablemente, apreciar, surgen más dudas que certezas sobre la conducta de su gobierno y su ejército.
Una de ellas proviene de la condición extremadamente humilde y deprimida de Chechenia, una pequeña nación enclavada en el Cáucaso que lleva más de dos siglos luchando por su independencia del territorio ruso (antes Unión Soviética), desde que el imperialismo zarista la incorporó a sus dominios. Chechenia, por tanto, no es únicamente el nido de terroristas sanguinarios y fundamentalistas musulmanes que se podría creer, es una región que lleva más de doscientos años luchando por su autodeterminación —con o sin razón— y en este proceso ha perdido más del 10 por ciento de su población.
El petróleo que, dentro de todas las carencias de la población chechena, abunda en la zona, no hace otra cosa que atizar el conflicto. En su control se debaten, por su parte y en su propia y silenciosa guerra, Rusia, EEUU y otros países occidentales con intereses en la región.
Todo ello con el marco de que los grupos terroristas extremistas formados en Chechenia han perpetrado los más sangrientos atentados de los últimos tiempos en Rusia. Sin ir muy lejos, los responsables de la caída de los dos aviones rusos la semana pasada en el sur de Rusia con 90 pasajeros, eran chechenos suicidas. La vida, en una nación donde ha muerto más de cuarto millón de personas en los últimos 10 años, está absolutamente devaluada, lo demuestran las actitudes cada vez más sanguinarias que adoptan sus terroristas.
Este es el contexto en el que, además, participaron al parecer acontecimientos fortuitos y desafortunados como una explosión involuntaria, se produjo uno de los hechos más conmovedores y preocupantes de los últimos tiempos. Si a estos extremos llega la intolerancia y el desprecio a la vida humana al interior de un mismo país, ¿qué se puede esperar de los enfrentamientos bélicos internacionales en los que, como en el caso de Irak, se enfrentan dos culturas desconocidas? La Unión Europea anuncia que pedirá cuentas al Gobierno ruso por este sangriento hecho. Es lo menos que se puede esperar cuando toda esperanza se ha perdido. Chechenia es un ejemplo.
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