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Una cátedra sobre el poder más allá del espacio y del tiempo

Una cátedra sobre el poder más allá del espacio y del tiempo Star Wars, la mejor metáfora fílmica sobre el imperialismo, en la tierra y "en una lejana galaxia".
Y después de 30 años el círculo se cerró. Toda una generación nació bajo el influjo de la fuerza, una generación entera esperó media vida para espectar las míticas "guerras clon", la insurrección de los wookies o la masacre en el templo Jedi.
Cuando en 1976 George Lucas inició la saga de Star Wars acudió a la imaginación de la incipiente "generación FX" para lograr ilustrar todo aquello que las limitaciones tecnológicas no le permitirían al entonces pionero cineasta de la ciencia ficción. A la medianoche del 18 de mayo de 2005 la creatividad de Lucas superó la más elaborada fantasía y detalle de la que nuestra imaginación pudo haber sido capaz.

Pero contemplar completo el mosaico de la obra de vida del director le permitió a millones de devotos descubrir que algo más importante y más trascendente que sólo ciencia ficción nos sucedió durante los últimos 29 años. Lucas construyó nuestros mitemas y esquemas actanciales y, así, elaboró también nuestro primer imaginario político y la primera estructura de valores de nuestra generación.
Bastará recordar cuál era en 1976 el escenario histórico en el mundo, en el continente y en este país, para apreciar en su valor real una "sencilla" obra de ciencia ficción que nos enseñó las primeras nociones de democracia y libertad, que nos enseño a advertir y reconocer la dictadura y el imperialismo.

Star Wars fue una metáfora cinematográfica surrealista en una época de autoritarismo que proscribía brutalmente el disenso, aún en el marco de la expresión artística. No en vano el contexto incide, no sin cierta ironía, en que los sucesos acaecen "en una galaxia muy, muy lejana".
Episodio III no fue sino el más elaborado documento de un manifiesto histórico contra la impunidad velada del poder en cualquiera de sus engañosas formas y en cualquier lugar del universo. "La venganza de los sith" cobra la valía de la que carecieron sus dos episodios previos, al centrar su trama en la hermenéutica de la conspiración palaciega que explicará con didáctica documental el esquema básico del complot antidemocrático contemporáneo.

Antes de Episodio III era casi imposible concebir de qué manera un sólo mortal – el senador Palpatine - podría haber disuelto la democracia más vigorosa del universo y su gigantesco senado. Se imaginaba necesaria una inmensa masacre y una interminable acción bélica para someter a miles de sistemas que jamás declinarían su libertad sin guerra. "La venganza de los sith" expuso la cruda paradoja del imperialismo: no se necesita disparar una sola carga sino simplemente ser capaz de racionalizar con demagogia nuestras acciones, inventar un enemigo, alimentar el miedo y arrastrar al pueblo al escenario de los absolutos, la intolerancia y la violencia.
Pero si en 1976 nos resultó sencillo asociar con nuestra realidad el brutal ejercicio de la fuerza militar, la persecución política y el control policiaco que ejercían Darth Vader y sus clone troopers, en 2005 Lucas pudo mostrarnos también que jamás las soluciones de fuerza sobrevienen antes de elaboradas conspiraciones de las que el poder suele hacernos parte. Rara vez un dictador conculca nuestra libertad, generalmente nosotros la declinamos voluntaria aunque ingenuamente.
Bastará resumir en palabras de la senadora Padme Amidala la irónica realidad que vivió el senado de Corusant al proclamar emperador a Palpatine: "Así que de ésta manera se pierde la libertad; en medio de un estruendoso aplauso", diría ella.

¿Será de ficción un filme que expone los resortes de la manipulación con mayor eficacia, precisión y detalle que el más radical ensayo político?

Treinta años le tomó a la valerosa resistencia galáctica recuperar la república y la democracia, pero sólo bastó un descuido para que se las arrebataran.
Lucas hizo lo suyo. Nuestra generación creció entendiendo, valorando y vigilante de una democracia que el mundo recuperó y consolidó gradualmente, conforme la alianza galáctica iba derrotando al Imperio sith y conforme las sucesivas entregas llevaban al desenlace de la primera trilogía.

Su segunda trilogía cautivó a una nueva generación con todo el alarde tecnológico de la era digital, pero también hizo más elaborado su argumento incluyendo en él un derroche didáctico sobre las sutilezas del ejercicio del poder que nos arrebata de a poco la democracia recuperada. Conforme el Imperio – en la galaxia y en el mundo real – hizo más sutil su ejercicio del poder; conforme el ejercicio de la violencia física se fue aparejando al ejercicio de la violencia simbólica, Lucas se esforzó por que su narrativa reflejara con aún más precisión la naturaleza ambigua y encubierta del poder.

Sus villanos y sus héroes – ambos arquetípicos – lo serán ahora y siempre; aquí y en "una lejana galaxia", pero el equilibrio entre historia y realidad; entre pasado y futuro, exige un diálogo intergeneracional para comprender en toda su magnitud el valioso pero encriptado legado fílmico de Lucas.

Su última y más valiosa lección: Nuestros sueños más sublimes y nuestros deseos más nobles – si son egoístas – pueden convertirse en la pesadilla de los otros. Siempre habrá quién pretenda hacer del mundo la materialización de su propio sueño y eventualmente sienta a la democracia y la libertad como obstáculos en la realización de su proyección personal del bien común. El tránsito de héroe a villano surca la delgada línea del respeto al derecho del otro y a la decisión colectiva. "Terminar con nuestros enemigos será la única manera de regresar la paz", fue el argumento del Canciller Palpatine.

Los enemigos de la República suelen no estar fuera de ella sino dentro los muros de palacio, parece ser la lección. Los verdugos de la democracia – en Corusant y en la Tierra – dicen defenderla cuando nos la arrebatan.
Del mismo modo, los grandes hombres que degeneran en erráticos mesías nacen igual en Tattoine que en Bolivia; los hay en el último rincón del universo y en el último rincón de la tierra.

Nuestra época, que creció interpretando la realidad a la luz de la sutil genealogía del poder de George Lucas, podrá siempre advertir y asumir defensa del derecho a decidir nuestro destino. Después de 30 años la cátedra Lucas está completa y el círculo de nuestra generación se cerró finalmente.
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El comic hecho por Lalo Alcaraz en su Cartoonista
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