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El porno y el erotismo en pantalón corto

El porno y el erotismo en pantalón corto El erotismo, convertido en tema de reflexión filosófica, social, artística, ha hecho recular la pornografía.
Los chiquillos de mi generación no habíamos banalizado el sexo como los de ahora: todavía se consideraba un asunto secreto, de mayores, así fue que con orgullo y no poco temor —el cuento a mis padres era una posibilidad— recibí de un primo mayor una revista considerada para hombres. Nada de particularmente grave, salvo la conciencia de una transgresión, aunque en verdad la leí sin ningún remordimiento y con un gozo malicioso, lo que daba a la lectura un toque de erotismo, término que por entonces desconocía por completo. Mis padres nunca descubrieron el asunto.
Se trataba de Rico Tipo, una publicación argentina del ilustrador Divito, cuyos dibujos de chicas con cinturas de avispas y nalgas redondeadas se convirtieron en un modelo para las muchachas, imitado con más torturas que buenos resultados.
Sería difícil, aún con criterios de la época, calificar la revista de pornográfica, no sólo porque por entonces la línea de separación con el erotismo era muy tenue —no sé si ahora con tanta filosofía, literatura, sociología alrededor del tema, las cosas han cambiado— sino también porque allí había más picardía machista que otra cosa, heredada del viejo fondo cultural español.
Una que otra imagen femenina voluptuosa, apenas reveladora, varias caricaturas de hombres dominadores, llenos de astucias y trucos para seducir mujeres o para sobrevivir en una sociedad ya penetrada por el capital. Algunos personajes sacados de los mitos populares, que acarreaban componentes italianos, hispanos, criollos, representaban estereotipos de los temores, ansiedades, de las combinolas que ese imaginario multicultural albergaba: Avivato, Fallutelli, Fúlmine, figura esta última de la mala suerte, que llevaba a los inmigrantes del mezzogiorno a hacer los cuernos con la mano en la espalda cuando en la vida real encontraban un tipo considerado como Fallutelli: yeta.
Pero los niños tenían otras fuentes de iniciación a la anatomía femenina —no en vano Freud destacó sus inclinaciones perversas—, en las revistas de mujeres, que los padres ajenos a cualquier malicia dejaban por todas partes, con sus propagandas de prendas íntimas. Muchos de mis compañeros las conocían, las hojeábamos sin sobresaltos, solazados en la contemplación lujuriosa de calzones, sostenes llevados por extraordinarias modelos reales o dibujadas, mejores todavía las últimas, pues se las mostraba con líneas más claras, pero respetando el espacio para la imaginación.
El domingo, en la misa del Colegio para los alumnos, la lujuria se trocaba en pecado capital. El capellán con acentos apocalípticos la transformaba en porquería, vicio, perdición, pornografía con efectos devastadores en la juventud, la sociedad. Ensuciaba el cuerpo, pervertía la imaginación, corrompía la mente, debilitaba la voluntad, endurecía el corazón, desembocaba en prácticas malsanas capaces de acarrear la muerte del cuerpo y la condenación del alma. Pero el terror y el arrepentimiento se perdían en la semana, porque los males anunciados tardaban en manifestarse.
Las revistas para adultos —bien osadas, a pesar de la mala consideración social y moral de su lectura, de las prohibiciones para su circulación— atraían un amplio público. Cada país, dice su historiador, les ponía su sello propio, si no para justificar su publicación, al menos para mitigar el celo de las autoridades encargadas de la censura. Los franceses las presentaban como un arte erótico incomprendido y mal juzgado, los alemanes como expresión de la belleza de la raza en completa armonía con la naturaleza. El pragmatismo anglosajón se sirvió de ellas como soporte para contar historias negras, de violencia, abusos con víctimas, generalmente mujeres, gráficamente presentadas con el alma y la ropa desgarradas. La tónica de las revistas latinoamericanas fue próxima a la de Rico Tipo, si bien con el tiempo no desdeñaron las presentaciones de sexo más explícito. Varias de esas publicaciones curiosamente daban cabida a la moralina victoriana, previniendo a los lectores de los graves riesgos para la salud por la pérdida de semen no destinado a la procreación.
Desde entonces, el agua ha cambiado de curso. El erotismo, convertido en tema de reflexión filosófica, social, artística, ha hecho recular la pornografía hacia espacios casi ignorados por el común de los mortales. El erotismo de mis años de mocoso que despertaba al deseo y se tomaba por transgresor mirando, o como dicen los tarijeños ojaleando, púdicos catálogos de ropas femeninas, quizá aparece como una ñoñería ahora que el desnudo abiertamente provocador ha salido a las calles como publicidad para cualquier producto. La imagen gana, la imaginación retrocede. ¿Dónde se refugia el deseo?
Playboy y otras revistas sofisticadas destinadas a un lector advertido que ofrecen, al lado del material erótico, artículos y ensayos de los escritores más destacados del momento, sacaron de circulación las viejas publicaciones para adultos y contribuyeron a producir una revolución en la conducta sexual. Qué contraste entre las de antes, leídas en secreto, difíciles de encontrar en el mercado porque su avergonzado propietario las destruía después de la lectura y las de hoy, objeto de conversaciones en sociedad, coleccionadas en las mejores bibliotecas universitarias.
Taschen, un gran editor de obras de arte, ha decidido desempolvar las antiguas revistas de hombres consagrándoles, una colección en seis volúmenes, que sin duda contiene una parte de la cultura de nuestras sociedades con sus fantasmas e imágenes del deseo tan olvidadas como el corsé de la abuela. Su vuelta ya las ha pasado del territorio prohibido de la pornografía al del reino respetado del erotismo donde siempre estuvieron con o sin intención Rico Tipo y los catálogos de lencería femenina.
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Corregido, aumentado, arruinado del articulo de Salvador Romero.
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