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1904 - 2004: 100 años de un tratado injusto

Este 20 de octubre de 2004 se cumplen cien años del ignominioso Tratado de Paz y “Amistad” entre Chile y Bolivia. Este instrumento jurídico selló el enclaustramiento boliviano que ya venía siendo efectivo con el pacto de tregua de 1884 y “de facto” desde la invasión chilena al Litoral boliviano del 14 de febrero de 1879 que inició el conflicto del Pacífico.
De poco vale recordar los aspectos previos a la firma del tratado; tampoco quiénes fueron los responsables políticos de esa decisión. Bolivia, presionada por Chile, en aras de abrir los puertos del Pacífico para sus exportaciones de estaño y en función de los vientos “liberales” y “modernistas” de esa época, consumó forzadamente su encierro geográfico. Ésta es una atrocidad hasta ahora reparada y en algunos casos, ni siquiera totalmente comprendida por la conciencia colectiva.
Dejando de lado el colapso del imperio austro–húngaro luego de la Primera Guerra Mundial (noviembre 1918), Bolivia sigue siendo hasta ahora el único país del mundo privado de su salida al mar por la fuerza.
A ratos la adormecida conciencia internacional despierta y se clama por Bolivia y su mar perdido. Eso sucedió al poco tiempo de la cumbre mundial de los países en desarrollo sin litoral que tuvo lugar en Almaty. La expresión más concreta de ello fueron las manifestaciones favorables del Secretario General de las Naciones Unidas durante su visita a nuestro país con motivo de la última cumbre iberoamericana celebrada en noviembre de 2003. De poco sirvió, empero. De inmediato la ofensiva chilena se desató con todo el fascismo que tiene su clase dirigente almacenado en contra de Bolivia y que les aflora a cada instante, como cuando se vio en Monterrey a una petulante Soledad Alvear profiriendo amenazas y al presidente “socialista” Ricardo Lagos rojo como un tomate y potencialmente violento, en desagradable contraste con la serenidad de nuestras autoridades.
Y no es de extrañar esa conducta chilena. Como ya lo manifesté anteriormente, todo aquel que retiene bienes mal adquiridos pero se niega a reconocer su fechoría, tiende a ser sumamente agresivo. Es lo que acontece con el estado chileno. La última versión de ello ha sido todo el sainete que derivó en la defenestración reciente de su cónsul.
La cosa sigue y con mucho dinero de por medio. Peor será ahora que hay campaña electoral en la riberas del Mapocho. Sin embargo, aún confío en que alguna vez Chile use su inteligencia —que tan bien ha sabido utilizarla en otros contextos— para solucionar el problema pendiente con Bolivia.
Ya en 1910, mediante el Memorándum Sánchez Bustamante, Bolivia volvió a reclamar su retorno al litoral y lo seguiría haciendo hasta el presente. No habrá jamás descanso en esa justa causa, que importa a esta altura reparación moral y la superación de un espíritu quebrantado. Asimismo, nada se podrá concretar definitivamente en materia de integración mientras una herida punzante siga sangrando en este costado sudamericano como producto de la injusticia, como producto de la presión del más fuerte sobre el más débil.
Sí, 100 años es mucho pero para la historia no lo es. Tampoco lo es para seguir bregando, a la espera de las comprensiones necesarias y del apoyo de una comunidad internacional que a ratos piensa con el corazón y la mayoría de las veces con la balanza de pagos... Chile sabe esto y lo explota bien. El péndulo de La Moneda giró ahora hacia su máximo punto de dureza. Ojalá vuelva a primar la razón.
Éste es mi modesto homenaje —entristecido— a un poco feliz aniversario: el centenario de un infausto acuerdo bilateral que nos privó de esa ventana al mundo que es el mar.
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