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1, 2 y 3 Fases de Carlos D. Mesa

En octubre del 2003, en la histórica Plaza de San Francisco de La Paz y ante una extraordinaria manifestación, Carlos Mesa habló de recoger el mandato popular expresado en la «guerra del gas»: no a la venta del gas a Chile, recuperar los hidrocarburos ilegalmente apropiados por las petroleras, refundar YPFB, industrialización del gas en territorio nacional, aumento de regalías al 50% en favor del Estado, abrogar la ley de Hidrocarburos gonista y convocatoria a Asamblea Constituyente. Pero, lo hablado y prometido por Carlos Mesa se fue con el viento, resultó una “mamada”. Contrariamente a su juramento de octubre, Mesa está siendo gentil con el mandato de aquellos grupos contra los cuales se desencadenó la «guerra del gas».
Una radiografía del itinerario político del actual mandatario indica tres momentos o fases nítidamente marcadas: a) fase de equilibrio, b) fase experimental y, c) fase referéndum.
La primera fase de la gestión presidencial de Mesa está determinada por un contexto definido por Gramsci como situación de equilibrio catastrófico, es decir, una situación en la que los de abajo no han terminado de vencer y los de arriba no han terminado de caer. Desde las direcciones sindicales y sociales se amenaza con derribar al gobierno de un modo semejante al anterior, pero las amenazas no se traducen en actos de masa relevantes. Desde el poder de Estado, Carlos Mesa, que no tiene apoyo político partidario, mantiene un equilibrio a partir de consensos mínimos pero eficaces con los poderes reales: petroleras, embajada de EEUU, gonismo y aparato coercitivo. Esta situación de equilibrio catastrófico muestra a los dos grandes actores en conflicto (petroleras y movimientos sociales) dotados aún de poder y ejerciendo su capacidad de veto sobre la actuación del presidente.
La fase experimental se inicia el 4 de enero del 2004, ocasión en la que Mesa raya la cancha, experimentalmente prescinde y elude la agenda de los movimientos sociales, ataca a los actores de octubre y deja de ser “su mandatario” para ser mandatario del superestado petrolero, lo cual se patentiza en abril del 2004, cuando -a modo de globos de ensayo-, lanza un anteproyecto de ley de Hidrocarburos y firma un acuerdo de venta de gas a la Argentina. Ambos constituyen una avanzada de las petroleras y el gonismo en materia de hidrocarburos, particularmente el proyecto de ley de hidrocarburos que, a modo de provocar y tomarle el pulso a la ira popular, mantiene la propiedad de los hidrocarburos en manos de las petroleras, mantiene el régimen de regalías impuesto por el gonismo y, en espíritu, es una ley que fomenta la exportación del gas como materia prima, sin valor agregado.
La tercera fase se inaugura en mayo del 2004 con el lanzamiento de la consigna del referéndum, que nace a partir de las lecciones aprendidas en las dos fases anteriores y que le permiten extraer su mejor mandato: un referéndum hecho a medida, interés y semejanza de sus progenitores, más no del pueblo, aunque fue ocasión para que Mesa dijera que estaba cumpliendo el mandato de octubre. El referéndum vinculante planteado en octubre no fue por amor abstracto a este mecanismo de consulta, fue planteado para que el pueblo boliviano y no Goni defina la exportación del gas a Chile. En cambio, el referéndum planteado por Carlos Mesa fue diseñado e implementado para dar legitimidad a ese proyecto de ley de Hidrocarburos publicado en abril, y para dar legitimidad a su gestión presidencial, vale decir, para tener un certificado legal y gobernar fuera de las sombras y proyecciones de octubre del 2003. De este modo, Carlos Mesa cambia el mandato de octubre por otro mandato, por otra misión: resolver la crisis de hegemonía del neoliberalismo y refundarla.
REFUNDAR EL NEOLIBERALISMO VS. REFUNDAR EL PAÍS
El modelo neoliberal impuesto en 1985, gozó de cierta hegemonía (de hegemonía pasiva diría Gramsci, aquella que se logra desde arriba, desde el poder de Estado), particularmente en la primera gestión gubernamental de Sánchez de Lozada (1992-1996), periodo en el que se terminó de dar forma y contenido al neoliberalismo en Bolivia. De modo que, a las primeras medidas de desestructuración de los grupos y movimientos contestarios (parte de esto es la relocalización minera) dictadas en 1985, se sumaron las políticas de desmantelamiento de las empresas estatales, particularmente a través de la Ley de Capitalización (1994), que tupacamariza al país, desmembrándolo y entregándolo a la voracidad extranjera. Todo este proceso de desestructuración social y económica del modelo nacionalista revolucionario anterior, contó con la contribución de intelectuales de derecha e izquierda que neutralizaron toda resistencia de grupos opuestos y débilmente organizados contra el neoliberalismo.
Pero la hegemonía de la que gozaba el neoliberalismo entró rápidamente en crisis. Ya el año 2000 se manifiestan los síntomas más preclaros de esta crisis, cuando en Cochabamba se produce la Guerra del Agua que termina expulsando a una empresa transnacional que pretendía expropiar, privatizar y abusar el sistema de agua potable y riego del Cercado. Otro momento de esta crisis es Febrero del 2003, cuando al otrora todopoderoso Sánchez de Lozada el pueblo paceño le dijo NO a su política impositiva. Finalmente, Octubre del 2003 será el momento en que la crisis del neoliberalismo llegue a su máxima gravedad.
La manifestación de estos momentos de crisis, hizo posible que en la agenda del país se inscribiera el tema: Asamblea Constituyente para refundar el país, refundar la economía y refundar la política. Pero desde el gobierno y a partir de su victoria pírrica en el referéndum, se opera de otra manera, ahora se piensa en «refundar el neoliberalismo». Esto quiere decir: resolver la crisis terminal que el neoliberalismo sufre desde el año 2000; quiere decir, reorganizar la economía y la política sobre la base de la inversión extranjera, el mercado y la democracia pactada (esta vez, entre partidos y agrupaciones ciudadanas); quiere decir: reajustar el poder judicial con agentes afines a los partidos neoliberales (como que ya se está haciendo mediante decreto); quiere decir, instalar una Asamblea Constituyente no soberana, limitada y cercada por los poderes constituidos; quiere decir que los liberales, los k’aras y los t´aras de derecha sigan circulando por el aparato de Estado; quiere decir que el superestado petrolero siga vaciando la riqueza nacional, siga apropiándose del excedente hidrocarburífero, y siga exportando capitales a sus centros de origen. Finalmente, refundar el neoliberalismo quiere decir: despejar el peligro de que los indios y los parias tomen el poder, y allanar el camino para la reelección de Mesa el 2007.
Pero la misión o el mandato de refundar el neoliberalismo, como todo propósito contrario a otros grupos e intereses políticos (en este caso, contrario a la demanda de los movimientos sociales), puede resolverse en aquel punto en que toda contradicción sobredeterminada (concepto de Althusser) se resuelve: el punto no deseado por nadie, el punto collage, el punto de la hibridación entre elementos del modelo neoliberal y elementos del proyecto de refundación del país planteado por los movimientos sociales. De ser así, no se habrán resuelto las contradicciones principales: las causales del conflicto seguirían vigentes.
UNA MISIÓN CON MERCENARIOS
En la misión de refundar el neoliberalismo, Carlos Mesa tiene ya algunos éxitos. Por ejemplo, expresa una notable eficacia y eficiencia en materia de desorganización del «contra Estado». Para decirlo brevemente, si Octubre del 2003 fue el momento estelar de los líderes y movimientos sociales antineoliberales, hoy, post-referéndum, se ha abierto un espacio sellado por la fragmentación y el descrédito de varios de ellos, siendo el Mallku, Solares y Roberto de la Cruz los ejemplos elocuentes.
Obviamente que no todos los méritos corresponden a Carlos Mesa, sino que esos líderes sociales hacen también lo suyo para «autodestruirse», pero esto es motivo de otro análisis. De momento, lo que importa destacar es la capacidad en eficacia y eficiencia que Carlos Mesa y su gobierno desarrollan en materia de neutralización y desestructuración de los movimientos sociales. Y para ello, el mandatario Mesa se ha rodeado de lo más selecto de la clase política mercenaria que hay en el país y que opera en ministerios, viceministerios y delegaciones presidenciales.
Si los mercenarios militares se definen por su capacidad para ser empleados en acciones militares, de modo que pueden ser utilizados para trabajos sucios (asesinatos, sabotajes, golpes) en uno u otro país, en una u otra región, los mercenarios políticos se definen por su capacidad para ser empleados por uno u otro gobierno, por uno u otro partido. Y esto es lo que tenemos en el actual gobierno: mercenarios políticos, operadores políticos que trabajaron, en unos casos, primero para Siles Suazo, luego para Gonzalo Sánchez de Lozada y después para Carlos Mesa. En otros casos, primero para Condepa y Carlos Palenque, luego para NFR y Manfred Reyes Villa y después para Carlos Mesa. No sabemos dónde o para qué gobierno trabajarán mañana, el hecho es que a veces trabajan mejor que los mercenarios militares, pues ganan fama y dinero sin arriesgar el pellejo.
Y esto es lo que están haciendo del modo más eficaz y eficiente. Bajo diversas formas de relación/confrontación política (maquinando, definiendo escenarios, conspirando, parlamentando, concertando, sellando vidas, ideando leyes protectoras de poderes constituidos, re-inventando políticos derrotados, vendiendo imágenes), los actuales mercenarios políticos en el gobierno están neutralizando la práctica y el discurso de los líderes y movimientos sociales emergentes en Bolivia, a objeto de contribuir en la misión encomendada al mandatario Carlos Mesa: refundar el neoliberalismo en Bolivia.
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