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Bolivia: Requiem a la "política de la destrucción"

Un evento nacional de trascendencia mundial se ha operado en Bolivia el 18 de julio de 2004, cuando el gobierno del presidente Carlos D. Mesa Gisbert cumplió su promesa de llevar a cabo el Referéndum popular, como manifestación de la democracia participativa, ausente de nuestra vida política desde el año 1931.
Al margen del resultado que implica el pronunciamiento del pueblo en sus diferentes capas sociales sobre la política del gas que, desde luego, será implementada por los niveles de decisión del Estado, ese evento refleja un anhelo común, tan caro como la necesidad de vivir en paz para lograr las metas de superación del conjunto de la ciudadanía boliviana.
En efecto, si para alcanzar metas de política social se ha ensayado permanentemente actitudes sediciosas, inventando estrategias aleves que conculcaron derechos, destruyeron vías de acceso o privaron de ingresos al país con sórdidas medidas ideadas por mentes retrógradas -que incluso pensaron en una refundación de Bolivia como nación campesina, hollando la dignidad boliviana expresada en una Constitución Política, o desconociendo leyes, símbolos patrios y autoridades legalmente constituidas, orientándose a postular el retorno a los orígenes de la sociedad-, el Referéndum ha puesto hito a la vorágine de pasiones desenfrenadas que tuvieron la virtud -o mejor, el defecto- de catapultar líderes que jamás dieron nota de patriotismo sino de antipatria, a título de haber sido sojuzgados en el pasado, como si el revanchismo fuera el mejor instrumento para desagraviar afrentas.
Bolivia, como todo país civilizado, tiene un entorno cultural que arranca de su incorporación al concierto mundial como sociedad políticamente organizada, propia y definida, con sus leyes, sus riquezas y toda la gama de su acervo cultural que incluso provoca emulación en otros que, sin ser riscosos ni controvertidos, carecen de un patrimonio cultural del que nuestro país se ufana en el campo del arte, la ciencia y la economía, aunque al lado de esas virtudes coexisten las falencias de toda nación heterogénea. Esos valores intrínsecos, tan nuestros, han sido desconocidos por inconfundibles hordas que en la hora del progreso saltaron a la palestra del desprestigio, para desmerecernos ante el mundo que, implacable, nos sitúa ahora en el último peldaño de la escala civilizada.
El mecanismo del bloqueo o de la huelga de hambre, o el “amurallamiento”, corresponden a sociedades ancestrales en las que el más fuerte imponía su autoridad con total desprecio a la condición humana de sus congéneres, valiéndose de la presión que conlleva esas medidas.
En la hora que vivimos, ese es un género de “política” que no alcanza metas, sino que sirve para la autodestrucción del país, y éste no merece ese destino puesto que durante más de 179 años hemos madurado como nación, abriendo, construyendo y conservando caminos y derroteros a pesar de la pobreza que en todo tiempo enfrenta la sociedad boliviana, lo mismo que dedicar nuestro esfuerzo a la consecución de anhelos, frustrados muchas veces por factores adversos que no supimos vencer, porque sectores de la antipatria se dedicaron a apartarse del camino del progreso bajo la consigna de volver al pasado incierto.
El Referéndum 2004 echa por tierra los factores negativos que dominaron la idea de acabar con nuestra vida institucional. Ahora se avizora un nuevo horizonte para la felicidad de este pueblo en una conjunción edificante de propósitos comunes, pues la política de la destrucción ha terminado; en adelante sólo asumiremos que el Estado invierte ingentes caudales píblicos para vertebrar la vida nacional como base y fundamento de la integración latinoamericana, libre de actitudes y con la mente puesta en el sueño de Bolívar, Sucre y Santa Cruz. Lo que viene después será obra del destino, dependiendo de la oportunidad y urgencia con que se debe poner en marcha el resultado del Referéndum al que Bolivia ha respondido con el “Sí” contundente.
Ya no nos es dado esperar nuevas frustraciones, nuevos dilemas ni actitudes negativas para ejecutar la decisión popular manifestada en las urnas de un auténtico ejemplo histórico de vocación democrática participativa. Se acabó pues el protagonismo ególatra, el surgimiento de “líderes” desorbitados, prestos a provocar masacres para atribuirlas al Gobierno. Hoy comienza nuestra vigorosa vida comunitaria entre bolivianos guiados por el mismo propósito, confundidos en un abrazo fraterno y tenaz, en la perspectiva de erradicar juntos todos los males que en el pasado nos aquejaron, tirando para atrás lo que será un puente del futuro.
La vocación de Patria destronará la insidia y la vocación de antipatria. ¡La “política de la destrucción” ha terminado! Ya no más “mallkus” ni cocaleros, ni corruptos ni aprovechadores, ya no más marchas denigrantes que obligaban al bloqueo con contenido sedicioso. Han vuelto la PAZ y la confianza a los confines de la Patria; trabajemos por ella sin descanso ni claudicaciones, porque ahí está el verdadero futuro de Bolivia.
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