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Erase una vez un pueblo...

“Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno”.
Charles Dickens (1812-1870)


La frase hace referencia al primer párrafo de la novela Historia de dos ciudades. ¿Percibimos el paralelismo con Bolivia? La realidad de todos los días crea un juego de espejos centelleante con la evocación de la frase. ¿Es el nuestro el mejor de los tiempos? No me cabe duda: el rostro de los ciudadanos ha emergido por encima de los hombros arrogantes de los políticos —ensimismados en un sostenido trabajo personal y partidario— para modular su voz. Es un sol de carne que puso a arder otro país. La imaginación se desenroscó de su aletargamiento de largos años y cortos veranos para levantar sus manos inspiradas de acariciar sueños y moldear realidades. ¿El peor? También: los muertos que desde el año 2000 siguieron y sumaron en procesión desgarrada. Y más allá del macizo de los Andes diviso a Heráclito lleno de estupor contemplando cómo Bolivia continúa bañándose en las mismas aguas de pobreza, marginación y racismo. Negándonos con torpeza a redimirnos de esa mutilación radical.
¿Puede ser calificada la nuestra como la edad de la sabiduría, precisamente cuando tantos corifeos nos alertan que las nubes de la irracionalidad se han posado enhiestas sobre nuestro cielo? El país tiene sus reservas intelectuales: espíritus inflamados de la verdad oscura de la política que encendieron el pábilo de la palabra para despertar saludables indignaciones y críticas rebosantes. Ellos divisaron que los pocos se transformaban en muchos, que la indignación amanecía convertida en ira, y que a partir de estas metamorfosis, lagos antes calmos se levantaban como mareas crispadas para arrasar cuanto tocaban sus pasos macizos en las playas de la suntuosa soberbia. ¿Y de la tontería? Corremos el peligro de que el resplandor de nuestras verdades acaben por cegarnos porque nos negamos a ceder. Y tentados a imponer. ¿Época de fe? Las creencias se han desparramado en la sociedad sobrepasando el dique de las evidencias. Muchos dioses combaten entre sí alentando un incesante parloteo de pasiones sin pruebas en las manos (sucede con la Ley de Hidrocarburos, sucede con Aguas del Illimani). Necesitamos revertir la ecuación: más información, menos ideología. ¿Época de incredulidad? Hay sectores que no creen lo que ven, porque la televisión les ocultó sistemáticamente la efervescencia de la calle. Y aspiran a que un golpe de Estado restituya el sosiego cinematográfico de sus vidas.
¿Estación de la luz? Abrigamos en lo hondo del alma la primavera de la esperanza, porque de la mano del gas todo parece ofrecerse como nuestro. ¿Estación de las tinieblas? Sobrellevamos el invierno de la desesperación, porque finalmente parece que precisamente debido al gas no alcanzaremos a tener nada. O sólo cosecharemos racimos cargados de violencia. Y díscolos deambularemos en desiertos de dolor. Todos marchamos al cielo, aunque todos parece que nos precipitamos en el infierno. Así será mientras la ambición reciente de riqueza del oriente no se encuentre en el puente del humanismo con la pobreza añeja de occidente. Hasta entonces todos dormiremos en el lecho agrio del presente.

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