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Frankensteins de harina y otros monstruos

Frankensteins de harina y otros monstruos

“Desde el mediodía del 1 de noviembre las almas bajan, dicen, quizás también otras muchas suban, pienso con malicia…”

Desde ese primer día de noviembre las almas dejan su letargo en la eternidad para pasearse por la tierra de los vivos, todos santos. Un día antes se celebra  una de las fechas mas espeluznantes del calendario cristiano, hallowen.
Las historias y las tradiciones son diferentes, una de ellas muy alejada de las creencias de esta parte del mundo, pero sin embargo gana más adeptos cada octubre. Hallowen la fiesta Irlandadesa, con una historia macabra que  hoy en día no es más que una excusa para que los niños salgan disfrazados de monstruos, brujas o zombies -entre otros personajes- para asustar a grandes y chicos y regresar a la casa con los bolsillos repletos de golosinas.
La otra “Todos Santos”, la que parece quedar olvidada con el pasar del tiempo. Relatos como el siguiente, podrían quedar solo en historias.

Ya son cerca de las 11:00 del 1º de noviembre, en un pequeño cuarto donde un pedazo de luz rompe la oscuridad, unos dedos agrietados y rudos extienden una manta negra por encima de una mesa, cuyas patas apenas se sostienen.

Las manos cobrizas y rústicas brotan de dos mangas de lana desgastada y remendada. Se mueven con agilidad y rapidez para colocar encima de la vetusta mesa un pequeño banco de madera para luego taparlo con un pedazo de tela blanca percudida.
De un pequeño rincón de la pequeña habitación oscura, herida por un rayo de sol que se filtra por el agujero de la calamina, un hombre jala dos sakañas (bolsas) de polietileno blanco, de cuyo interior extrae pequeños panes redondos, estrellados, entrelazados, con formas humanas y de animales, de escaleras y coronas. Poco a poco el hombre, cuyas canas y arrugas sobresaltan al pequeño rayo de sol, acomoda el pan por toda la mesa rústica.
Luego, en pequeñas latas que contienen agua, los dedos ágiles y agrietados colocan ramas cortadas de retama con flores amarillas e ilusiones. Los dos floreros caseros son colocados en dos esquinas de la mesa, cerca de dos velas que mantienen el equilibrio en dos latas de cremas de lustrar.
Amarradas en las cansadas patas de la mesa, las hojas largas de dos cañas de azúcar forman una especie de arco. En la base de la mesa también hay amarrados las cebollas con tok’oro (tallo hueco) cuyas flores adornan también el altar improvisado en la precaria vivienda.

LA NAJTA
De una pequeña caja de zapato Manaco, la mano cobriza extrae un crucifijo de metal oxidado. Lo acomoda en la parte más alta del improvisado altar de panes, frutas y flores.
Junto a las velas pequeñas de juegan con la ley de gravedad, se acomodaron dos llamas diminutas de quispiña (galletas de quinua), en cutas espaldas cargan ramitas de retama.
Más allá de las manos rústicas, los ojos tristes de Nicasio Quispe se pierden en el crucufijo y en una t’ant’awawa (pan con figura humana).
De un pequeño cuaderno de hojas amarillentas y retorcidas por el paso del tiempo saca la foto de una reluciente tawak’o (mujer joven de pollera, cuya belleza resalta más con una sonrisa y las espesas trenzas negras. En los ojos resaltan chispitas de alegría. Las mejillas donde las arrugas ya se han posesionado, se humedecen por gruesas lágrimas. Los ojos de Nicasio se extravían en la foto, mientras un suspiro hondo recuerda el día que nació su primer hijo y el día en que llegaron a El Alto, en un camión repleto de esperanzas y cuatro hijos.
¡ Ya está, ya está cocida la comida!, anuncia la voz de una niña de 12 años, cuyo grito saca a Nicasio de su pensamiento hundido en sus recuerdos. Por instinto enciende las dos velas que chisporrotean al formar una flama amarillenta.
El 1º de noviembre a mediodía, según las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que sobrevivieron en el altiplano boliviano que se fueron entremezclando con las de los españoles, llegan los ajayus (almas) a todas las viviendas donde habitaron en vida para compartir con los vivos, a partir de la najta (prendido de las velas) se inicia el jach’a uru (gran día).
La llegada de los ajayus se advierte en las pequeñas tutukas (remolinos) que se suelen en noviembre, según las awichas y achachilas (abuelas y abuelos) que transmiten las costumbres de generación en generación.

RESIRIS Y EL AJI DE ARVEJA
Nicasio llama el pequeño Ascencio para que vaya en busca de los resiris (rezadores aymaras), quienes llegan de las comunidades empujados por la pobreza. Sus oraciones dan la bienvenida al ajayu de la difunta Nicolasa Chura, quien en vida fue esposa de Nicasio.
Al poco rato el pequeño vuelve acompañado de cuatro campesinos, quienes llegan a El Alto y los barrios periféricos de
La Paz para llevarse algunos alimentos para sus familias y animales, a cambio de unas oraciones a favor de los difuntos. Tras las oraciones, los resiris son compensados con raciones de panes, comida, frutas y en algunas ocasiones hasta con bebidas alcohólicas, según los gustos de los ajayus. Sin embargo, la comida de la época y que no falta en ningún altar, es el alverj waykani (ají de arvejas).
Desesperado por el hecho de que su esposo no pudo hallar un empleo, ella en vida sin medir riesgos decidió ganarse algunos bolivianos sacando arena y piedras de las aguas turbias del río Seco. Al esposo viudo le dijeron que los yankhas (malignos) que viven los ríos se lo llevaron, pero más tarde se supo de se lo llevo la tuberculosis.

NOCHE DE JUGLARES AYMARAS
Mientras tanto, al amparo de la noche, la música brotadas de los pinquillos, pífanos y moseños, se entremezclan con ladrido de los perros. Esa noche, Nicasio soñó que Nicolasa llegaba de un largo y penoso viaje, maltrecha y cansada. Le calmo la sed haciéndola beber agua de los gruesos tallos de la cebollas con flor y comió ávidamente una a una las arvejas de la comida.
A mediodía del siguiente día, por el cansancio fue atrapado por el sueño, donde vio a su esposa despedirse cargando en su aguayo multicolor los alimentos y los panes, además de las cebollas con tallos huecos. También diviso que las dos llamitas de quispiña, se convirtieron en robustos camélidos que esperaban a Nicolasa para partir. Ella apoyada en una caña de azúcar retornaba con paso penoso hacia los nevados blancos, donde los ajayus vivían junto a los achachilas (protectores). Nicasio en su sueño, inútilmente estiraba su mano implorando que ella se quede, pero se alejaba sin detenerse con las llamas cargadas de alimentos. Mientras Nicasio gritaba, la música de los juglares aymaras aumentaba, hasta que los despertaron. ¿Te lo rezamos tata?, preguntaron los músicos y el les dijo que si.

EL DESPACHO
Tras amanecer tomando alcohol y mascando coca en compañía de los juglares aymaras y despertar de su sueño, tras largas oraciones, Nicasio hizo recoger el altar con el resiri más anciano. Después de acomodar los panes, las frutas y la comida en grandes k’epis (bultos), acompañado de sus hijos se dirigió al cementerio de Villa Ingenio, situado en una de las partes altas de El Alto, donde se puede observar una duelo sostenido entre los nevados del Illimani y Huayna Potosí, por resplandecer más bajo el cielo aymara.
Embarcados en los conocidos t’ojos (destartalados buses y minibuses) llegaron al camposanto, acompañados de una densa nube de tierra. El lugar estaba convertido en un gigantesco hormiguero humano. Allí miles de familias arman con las cañas de azúcar un especie de arcos para colgar frutas, t’ant’awawas y golosinas.
Todo el camposanto se inunda de las música de pinquillos, pífanos y moseños.

1 comentario

Lilith0_o -

Hola

Llegue aqui por una referencia a tu blog en www.calicoelectronico.com y me ha gustado mucho

he tratado de hacerme un blog tb, pero no termino de entender esto...

Me podrias decir el link necesario?

gracias